¿Nunca habéis pensado en que existen ciertas actividades reconfortantes que en cuanto pasan a ser sistemáticas y parcialmente profesionales dejan de ser bonitas?
Será por mi profesión, pero he tenido que tratar con gente que no sabe jugar a las palas en la playa. Se dedica a maximizar la puntuación conseguida en el juego mediante técnicas de optimización de trayectoria de la pelota, y análisis del comportamiento de su rival. Que no, joder, que eso no es jugar.
Soy un radical del pensamiento científico y del análisis de los problemas a través de técnicas de ingeniería, pero eso no es aplicable a todo, y saber dónde está el límite forma parte de la calidad de una persona.
El cerebro es como el motor de un coche: si lo apretamos puede entregar una potencia muy grande, pero es peligroso ir apretándolo siempre de forma sistemática.
A lo que vamos: expertos en amor.
- Yo salgo y ligo siempre.
- Para darle dos morreos a una tía y no follármela, me quedo en casa.
- Yo salgo a emborracharme y follar, si no lo hago no me sirve de nada.
El caso es que no se puede ganar, ni siquiera disfrutar, jugando a las palas con alguien así. Que te cuentan su “algoritmo” para ligar, los pasos a realizar, qué decir, cómo mirar, cómo rozar… las relaciones personales son una de esas pocas cosas en la vida en la que mejor “artesanal y con riesgo de fracaso” que “tabulable y medible”.
Cómo los odio.